Admisión a órdenes

Subió al monte, y llamó a los que Él quiso; y vinieron junto a Él. Instituyó a doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios.
El 22 de diciembre, cuatro seminaristas fuimos admitidos a las Sagradas Órdenes. Se trata de un momento en que la Iglesia nos admite entre los candidatos al Orden sagrado, acogiendo nuestro propósito de seguir al Señor en este ministerio. Tras haber escuchado la llamada de Jesús y haberle respondido, siguiéndole en el Seminario durante casi seis años, allí estábamos en la sacristía, esperando a que comenzase la celebración. Salimos fuera, era una noche despejada. El monumento al Corazón de Jesús, vinculado a tantos recuerdos de estos años, estaba iluminado; fue lo último que vimos antes de entrar en la ermita, abarrotada por un montón de gente. Da un poco de vértigo ver las consecuencias de nuestra respuesta o nuestro rechazo ante la llamada de Cristo. ¿En cuánta gente va a influir nuestra vida? ¿Cuántos que no estaban en aquella celebración iban a depender en gran medida de ella? Es como si todos ellos estuvieran allí, pendientes de nuestra respuesta. La vocación es algo tan enorme, que uno siente que le sobrepasa por todas partes. Pero estábamos en manos del Señor y de la Iglesia; si no, no habríamos sido capaces de dar este paso. Y, al fin, al igual que Jesús pronunció los nombres de los Apóstoles al llamarlos uno a uno, nuestros nombres fueron pronunciados. “Presente”, dijimos; es como decir: “Sé que es algo demasiado grande para mí, pero aquí estoy: no me he hecho sordo a tu llamamiento”. Y, ante la pregunta de si queríamos completar nuestra preparación para recibir el Orden Sagrado, llegó el momento de tomar toda nuestra vida en las manos y atrevernos a responder: “sí, quiero”. Sostenidos por miles de oraciones, continuaremos respondiendo al Señor cada día.
Manuel Moreno





El seminario: mi tiempo de conversión

Llevo tan sólo cuatro meses y medio en el seminario, y ya he tenido tiempo de experimentar muchos cambios en mi vida. Ha sido un tiempo de gracia en el que Dios se me ha ido dando a conocer. Voy a contar brevemente esta vivencia.
Las primeras semanas fueron para mí un tiempo de adaptación: poco a poco he ido comprendiendo que la entrega al Señor que quiero vivir tiene que ser efectiva en cada momento de la vida del seminario. Así es como voy entrando en la espiral de amor al Señor, cuando mantengo una vida ordenada, me esfuerzo para estudiar o tengo un corazón apostólico los domingos en la pastoral: el corazón se me ensancha más, y mis ganas de rezar crecen. Y encuentro paz.
En cambio, a veces experimento mi debilidad, y en las mismas situaciones en las que salgo de mí mismo, caigo en la tentación de centrarme en mí mismo. Pero Dios sabe también sacar provecho de estas situaciones de pecado; y después de este tiempo sé que en verdad es Él quien lleva a cabo la obra a la que nos ha llamado. Desde esta perspectiva, podemos repetir con san Pablo que somos “apóstoles por gracia de Dios”, y que nos “gloriamos de nuestra debilidad”, porque es cuando se manifiesta el poder de Dios. Gracias a esto, también he descubierto que la confesión es la fiesta del perdón de Dios, que está deseando que vayamos a Él para acogernos como el padre de la parábola del hijo pródigo, e incluso con una misericordia aún más grande e insondable.
A modo de conclusión de este breve testimonio, me gustaría repetir una frase con la que, en nuestro último retiro, D. Jaime Bertodano nos resumió el camino a la santidad: ésta consiste en la aceptación de la pobreza, esperando todo de Dios y respetando sus tiempos.
Carlos del Cuvillo





¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

Ésta es una pregunta que todos los cristianos nos hemos de plantear. ¿De dónde nace ese interés que Dios tiene por que nos reconozcamos como verdaderos hijos suyos, con todo lo que ello implica? Sólo encuentro una explicación: su amor paternal. A pesar de nuestra tibieza y de la pobreza de nuestra respuesta, no se cansa de invitarnos a una mayor intimidad con Él. Para ello tiene tantos caminos como cristianos hay que se toman en serio su vida de fe. Uno de estos medios de los que el Señor se sirve son las actividades que se proponen desde la Pastoral Vocacional.
Para estas navidades, el grupo de Eiger (chicos más jóvenes) programó dos actividades: visita a los belenes de Madrid y excursión a la Sierra, siempre acompañados por D. Javier, formador del Seminario, y por algunos seminaristas. El 27 de diciembre por la mañana, recorrieron los nacimientos que se habían instalado en varias iglesias de la capital, terminando la tarde con un cine-fórum en la Fundación “Jesús y San Martín” de Getafe. Por otro lado, el día 2 de enero, quince chavales disfrutaron de un día en la Sierra, haciendo una marcha por el sendero Smith, en Cotos. Tras el paseo y la correspondiente guerra de bolas de nieve, se celebró la Misa en un entorno espectacular. En la homilía, D. Javier explicó a los chicos la necesidad de la Eucaristía para el cristiano.
El día 2 de enero, una veintena de jóvenes del Introductorio y seminaristas pasamos un divertido día de convivencia en Toledo con D. Carlos, nuestro Rector, y D. Ramón Alfredo, sacerdote de Alcorcón. Pudimos pasear por la ciudad visitando algunas iglesias, como la del Salvador, donde rezamos el Ángelus, y la Catedral. Más tarde celebramos la Santa Misa en la capilla de la que fue la casa de los jesuitas, en la Ciudad Imperial, en la cual han rezado grandes santos de la Compañía. D. Carlos nos invitó en la predicación a poner nuestras vidas sobre el altar, atrevernos a ofrecernos a Dios para lo que Él quiera.
Y es que todas estas actividades son la excusa. El remitente de la invitación es el Señor, que cuenta con nosotros para hacer grandes cosas. Como dice santa Teresa, “Amor con amor se paga”. ¿Te atreves a corresponder?
Juan Carlos Pérez





Temores en el favor

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro,
y la cándida víctima levanto,
de mi atrevida indignidad me espanto
y la piedad de vuestro pecho admiro.

Tal vez el alma con temor retiro,
tal vez la doy al amoroso llanto,
que arrepentido de ofenderos tanto
con ansias temo, y con dolor suspiro.

Volved los ojos a mirarme humanos,
que por las sendas de mi error siniestras
me despeñaron pensamientos vanos;

no sean tantas las miserias nuestras
que a quien os tuvo en sus indignas manos
vos le dejéis de las divinas vuestras.

Lope de Vega






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