Miguel Ángel Loma Pérez
Hace poco me enteré de que un amigo posiblemente vaya a hacerse sacerdote. En una sociedad como la nuestra, nominalmente cristiana, más aún, católica, se da la triste paradoja de que mientras resulta pacíficamente admitido el ejercicio de las actividades y dedicaciones más insólitas (por no hablar directamente de las más abyectas), sin embargo es muy común que la noticia de una nueva vocación religiosa sea recibida con extrañeza y hasta con disimulada indignación por muchos que incluso alardean de creyentes. Hoy que tanto viste pertenecer a las más variadas oenegés, y que declararse amigo de las focas y de las sufridas ballenas es título indiscutible de un merecidísimo reconocimiento humano, sin embargo cuesta admitir que alguien elija el camino de la dedicación absoluta a Dios; y si además quien lo hace es persona de méritos que renuncia a un cómodo horizonte profesional y social, la incomprensión suele alzarse a su alrededor con aire acusador. No se concibe que en estos tiempos siga existiendo gente dispuesta a renunciar libremente a su vida para entregársela exclusivamente a Dios. Se intenta buscar una explicación racional, y nunca falta el enteradillo de turno que nos explica la enigmática decisión de una entrega generosa, como un síntoma manifiesto de alguna oculta paranoia, de un desventurado suceso infantil albergado en algún recóndito pliegue de la conciencia, o el efecto retardado de un desgraciado balonazo en la cabeza cuando jugaba en el patio del colegio. "Hacerse sacerdote... ¿en estos tiempos? ¡Qué loco!" Y en efecto, así es, es algo de locos, es la locura del amor a Dios que felizmente sigue germinando en los corazones de hombres y mujeres de nuestro tiempo, porque también hoy, Dios sigue llamando.
Dios sigue llamando a hombres y mujeres que se ofrecen como alimento para el hambre de Dios. Hombres y mujeres de Dios que renuncian a sus vidas, a sus familias, y a la posibilidad de crear otras nuevas, para sentirse un poco de todos. Que renuncian al beneficio propio de sus dones personales para ponerlos al servicio de Dios, que es la mejor y la más directa manera de ponerlos al servicio de los demás. Hambre de Dios que quiere servirse de sus hijos más generosos para que otros le conozcan y le amen. Y hambre de Dios en los hombres y mujeres que nunca se verán saciados si no incluyen a Dios en el menú de sus vidas. Dios no admite sucedáneos.
Nuestro mundo necesita personas entregadas a Dios hasta el último aliento; nuestro mundo necesita religiosas, religiosos y sacerdotes. Y aunque nunca nos lo pedirán, ellos necesitan también de nuestra comprensión y nuestro apoyo, que les ayude a perseverar en su vocación, que les ayude a ver que no están solos y que agradecemos su entrega, su servicio, su dedicación exclusiva, su oración, su palabra prudente, su consejo, su presencia en nuestras vidas, su ejemplo. Y es nuestro deber manifestarles, no necesariamente con palabras, que si renunciaron a formar una familia, todos nosotros somos su familia; y que si alguna vez cometen errores, no nos encontrarán enfrente señalándoles con el dedo y aireando sus equivocaciones, sino que estaremos a su lado para arroparles, con el cariño que se arropa a quien pertenece a nuestra propia familia.
Cuando me enteré que mi amigo posiblemente va a hacerse sacerdote, me llevé una alegría, por él y hasta por los que pretenden ser enemigos de Dios, porque si mi amigo colabora en el querer de Dios, con el tiempo contaremos con un nuevo sacerdote, con un nuevo hombre, un hombre nuevo, que sirva para acercar las almas a Dios en un mundo indiferente y cada vez más hostil con sus cosas, y en consecuencia, también más hostil con las cosas de los hombres.
Vivimos con una herida abierta que nada humano puede cerrar; con la sequedad en la garganta del alma, con un vacío permanente que reclama agua de eternidad, hambre de Dios. Esta sed y este hambre no son simples manifestaciones de nuestra enigmática y deficiente naturaleza humana, sino una prueba espiritualmente palpable del amor de Dios, porque "Dios nos amó primero". Y sólo se añora lo que se pierde; sólo se echa en falta aquello que previamente ocupó un lugar.