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...antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones. (Jer 1,5)

¿Una bella metáfora?, ¿una fábula persuasiva? No. Las palabras que aquel día recibió Jeremías no fueron el edulcorante empleado por Dios para intentar convencerle. Nada se inventó para llamar a este sencillo joven a ser el profeta de un pueblo terco e idólatra que se precipitaba hacia la ruina.

Aquel pequeño judío, de familia sacerdotal, jamás hubiera pensado que el Señor, su Dios, se fijase en él para cumplir una misión tan dura. Sin embargo, Yahveh ya lo tenía planeado, antes incluso de darle la vida, y así se lo comunicó.

Es posible que tú y yo nunca nos hubiésemos imaginado el plan que nuestro Padre tenía preparado para nosotros. Probablemente aún no conozcamos más que una pequeña parte de ese designio divino. No obstante, esta Palabra nos muestra que Él ya nos ha elegido, que Él ya ha pensado para nosotros un verdadero camino de felicidad... Por cierto, ¿has escuchado ya esa llamada? Abre el oído, pues cada cristiano tiene una misión, “cada santo es una misión” (Papa Francisco, Gaudete et exsultate, 19).

El muchacho, en cuanto escuchó aquella voz, no tardó en asustarse y responder: ¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que solo soy un niño. (Jer 1, 6). Era una excusa que podría parecer razonable a los ojos de cualquiera.

De hecho, no podemos negar que esta tentación puede presentársenos muy fácilmente. Oímos hablar de la llamada a la santidad, de que Dios nos lo pida todo para darnos la felicidad, y surge en nosotros el miedo paralizante. Nos vemos pequeños, débiles, llenos de pecados que nos parecen imposibles de superar... como verdaderos “niños” en la fe. Y todo esto puede convertirse en un muro ante su invitación.

Sin embargo, todas estas “barreras”, como la de Jeremías, no son nada a los ojos de nuestro Padre Todopoderoso. Por eso nos pide hoy: No digas que eres un niño. (1, 7a)

Así pues, abandona las excusas y lánzate a confiar en tu Padre, yendo adonde Él te envíe y diciendo lo que él te ordene (cf. 1, 7b), con la seguridad infinita de su cercanía: No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte.” (1, 8)

Extendió la mano, tocó mi boca y me dijo: Voy a poner mis palabras en tu boca. (1, 9) El Señor quiere hacer de ti auténtico profeta, un mensajero de su misericordia y ternura para los demás. Por lo tanto, tan solo confía y Él te dará su gracia. Te lo aseguro, nunca falla.

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