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Ha comenzado un nuevo curso: colegios, universidades, trabajos, planes, proyectos… prisas y más prisas. Para un segundo, ¡Detente! y pregúntate: ¿cómo he comenzado yo? ¿Qué espero yo de este curso? ¿Qué espero yo de este día?

Es fácil caer en la rutina, en la monotonía, a todos nos ha pasado: días que se hacen largos y aburridos, días en que parece que todo sale mal o por el contrario días que pasan volando y en los que todo parece ir sobre ruedas. Pero al final del día ¿Qué me queda? ¿Qué hace que un día merezca la pena? En definitiva, ¿Qué hace que la vida merezca la pena?

Planificar es un paso importante. El capitán de un barco sabe que para llegar al puerto fijado, necesita una hoja de ruta, mapas de navegación, una tripulación y también sabe que depende de los vientos, las mareas, las corrientes marinas y demás circunstancias. Pero sabiendo a dónde se dirige puede ayudarse del viento, buscar las mejores corrientes, evitar peligros y prepararse para las adversidades. De igual modo yo debo planificar, mirar más allá y poner medios concretos. Saber a dónde voy para que no me lleve la corriente, para servirme del viento. Dicen que para quien no tiene rumbo definido no hay viento favorable. Lo que se traduce en que uno acaba a merced del viento o le parece que el viento está en contra, vemos cómo nos arrastra la corriente y nos golpean fuertemente los peligros y adversidades. Nos hundimos.

Pero hay algo más importante que planificar, algo que lo cambia todo: dejar que Dios entre en nuestros planes, que Dios sea nuestro plan, que Jesucristo sea nuestro guía y nuestra alegría. Aquí no hay pérdida posible y todo viento es favorable. La vida con Dios de la mano es mucho más fácil, pues Él es el Creador y Señor de la Vida. Es todo un lujo poder vivir cada día de la mano de Dios.

Todo adquiere pleno sentido cuando no planificamos egoístamente: buscando más dinero, más vacaciones, más comodidades, menos esfuerzo… sino que buscamos agradar a Dios cada día, haciendo su voluntad. Pues Él nos ama tanto, es tan puro y desbordante su amor, que hacer su voluntad es lo que más nos conviene y nos sacia el corazón, pues Él nos llena de paz y alegría.

Quiero terminar dando gracias a Dios por mi vocación y la de mis hermanos seminaristas, por poder celebrar este curso el 25 aniversario del seminario (19 de Marzo 2019). Y, por supuesto, por poder vivir en el Cerro de los Ángeles el centenario de la Consagración de España al Sagrado Corazón: una gracia muy especial para todos.

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