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Apenas han pasado unos días tras la festividad de la Epifanía del Señor (conocida popularmente como el día de Reyes) y nos encontramos con que la Iglesia nos conduce a celebrar el Bautismo del Señor.

Jesús, habiendo alcanzado los treinta años, edad que le autorizaba para una actividad pública, acude al río Jordán para ser bautizado por su primo. Juan estaba allí exhortando a los israelitas a que reconocieran sus pecados y se hicieran bautizar. Este bautismo de Juan es diferente a otros baños rituales, muy comunes en Israel, pues es irrepetible y comporta un cambio de vida en aquél que lo recibe. Simboliza la muerte a la antigua vida de pecado y el renacimiento a una vida renovada. Esto es lo que expresan la inmersión y la emersión de las aguas. En este contexto, Jesús se desplaza desde Nazaret hasta el Jordán para recibir dicho bautismo de penitencia y conversión. Jesús se sitúa entre los israelitas que se confiesan pecadores y quieren retomar una vida religiosa. Esto es más que llamativo. De hecho es una prueba clarividente de cómo el evangelista no evitó narrar pasajes comprometedores para los primeros cristianos. Si Jesús era anunciado por ellos como el Hijo de Dios hecho hombre, ¿cómo es posible que Jesús acudiera a Juan para recibir de él un bautismo que supone el reconocimiento de los pecados y el propósito de vivir conforme a la voluntad de Dios?

La opción de Jesús de comenzar así su vida pública no es una cuestión baladí. Jesús se presenta ante Israel, el pueblo elegido por Dios para llevar la salvación a todas las naciones, entre los pecadores que admiten sus faltas y se acogen a la misericordia de Dios. Así nos muestra desde el comienzo su asombrosa solidaridad con los hombres. No espera que los hombres pecadores alcancen por sí mismos un estado de pureza que les capacite para conocerle, no se mantiene en una noble distancia de lo puro e intocable. Todo lo contrario: se acerca a los pecadores, se anonada, se hace uno con aquéllos que se consideran culpables de vivir de espaldas a Dios. No se identifica con ellos a causa de sus propios pecados, inexistentes, sino a causa de los ajenos. Se nos descubre aquí la grandeza de dicha solidaridad. Jesús compadece con los hombres, se une a ellos hasta abrazar toda su existencia. ¿Y por qué hace esto? Porque desea encontrar a la oveja perdida, a cada hombre extraviado por el pecado, para cargarlo sobre sí y conducirlo a la casa de su Padre, a la comunión de amor de Dios. Para esto se encarna, para esto acude al Jordán, y por esto entregará su vida en la cruz.

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