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Es la tarde de un viernes. Vuelvo de la parroquia después de una tarde de pastoral. La última catequesis la ha dado el párroco a un grupo de adultos que quieren confirmarse. Les ha hablado de la Creación, de la acción de Dios en ella, de reconocer a Dios en ésta… Y del culmen de esta Creación: el hombre. Voy en el coche teniendo en frente una vista de todo Madrid iluminado, con la sierra en el fondo. Enciendo la radio y la primera noticia que escucho: “un hombre ha batido un record: ha conseguido escribir el abecedario en 3,43 segundos pulsando el teclado con la nariz…” Decepción: ¡Este es el culmen de la Creación!

No pretendo ridiculizar a la persona que logró eso. Sólo quiero llamar la atención sobre esta reducción del hombre. El hombre, creado para ser feliz junto a Dios, puede entretenerse en cosas tan vanas, que es irracional dejar pasar así la vida. Y de esto, creo, todos podemos hacer un examen de conciencia.

Como decía, en esa catequesis caí en la cuenta de que la Creación es signo de la predilección de Dios por nosotros; caí en la cuenta de que el hombre está pensado desde el origen; caí en la cuenta de que Dios busca al hombre, al hombre concreto: a ti y a mí. Y además, añado, envía a su Hijo para salvarnos, para redimirnos y para hacernos hijos de Dios: para enseñarnos a vivir de verdad. En cambio, nosotros, muchas veces, quitamos a este Hijo de en medio y nos ponemos en su lugar. Nos volvemos egocéntricos, perdemos el tiempo. Es inútil que construyamos nuestra vida sin Jesús. 

Volvamos nuestra mirada a Jesucristo y veamos, aceptemos, queramos y cumplamos lo que Él nos pide. Nunca son cosas vanas ni irracionales. Jesús,  por medio del cual fueron creadas todas las cosas, nos pide nuestro bien. No nos apartemos de Él. Si no le tenemos en cuenta, nuestras vidas, tarde o temprano, acabarán en un “sin-sentido”. Actualmente, esto es habitual porque, como dice Viktor Frankl, la sobreabundancia de tiempo libre ofrece, desde luego, ocasión para la configuración de la vida plena de sentido pero, en realidad, no hace sino contribuir al vacío existencial. Aprendamos a distinguir lo esencial, lo que tiene sentido dentro de la historia que Dios sostiene y guía. La Creación, fruto del Amor de Dios, nos muestra la grandeza a la que estamos llamados en lo ordinario de nuestra vida. ¡No nos acostumbremos! ¡No nos ridiculicemos! ¡Podemos colaborar con la obra de Dios! ¡Por Jesucristo, somos protagonistas! Ahora sí. Ya veo el culmen de la Creación.

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