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En nuestros días somos testigos de una de las mayores agresiones a la dignidad de la persona: el aborto. Esta actividad silenciosa y dolorosa ha penetrado en nuestro mundo provocando heridas a su paso que no suelen salir a la luz.

Ahora bien, ¿es posible que una persona favorezca el aborto sabiendo que se trata de una vida humana de igual dignidad que la suya? Invito al lector a reparar por un instante en la grandeza y el milagro de la vida: dos células, unidas por el amor de dos personas, que se desarrollan sucesivamente dando lugar a un cuerpo, una razón, unas capacidades, unos sentimientos, una voluntad, un alma… ¡Una nueva vida! Distinta e independiente de sus progenitores. 

Entonces, ¿qué es lo que ocurre en nuestro mundo para que no desaparezcan de inmediato estos actos contra la vida? En mi opinión, no se trata de un problema de razón o de ciencia, sino de un problema del corazón endurecido de los hombres. Nos hemos esforzado por sacar a Dios de nuestra sociedad, de nuestra vida, de todo aquello que atañe al hombre. Así, el hombre, al perder su relación amorosa con Dios, no ve, no es capaz de descubrir esta grandeza.

¿Debemos, pues, dar la razón a filósofos como Thomas Hobbes que nos dicen que el hombre es un lobo para el hombre? Por favor, no caigamos en la tentación de despreciar lo que somos nosotros y todos los que nos rodean, aquello que nos hace tan grandes. El hombre tiene una dignidad tal, por el mismo hecho de ser persona, que no podemos concebirla en toda su grandeza. ¡Valemos la sangre de Cristo! Yo he venido para que tengan vida (Jn 10,10). Tuyos eran, Padre, y Tú me los has dado (Jn 17, 6). El sacrificio de Jesús en la Cruz es por cada vida humana, tanto nacida como sin nacer. Él nos dice: aunque una madre se olvide de sus hijos, yo no me olvidaré (Is 49, 15). La vida no nos pertenece, sino que le pertenece al Señor. Sólo Él puede dar vida a todo lo Creado; de ahí que nadie tenga autoridad a la hora de juzgar si una persona es digna de vivir o no. 

Así pues, nosotros, como cristianos, debemos afrontar con valentía esta situación siendo la luz del mundo (Mt 5, 13). Nuestra función dentro de la sociedad será, también, tratar con gran misericordia a las personas afectadas y heridas de distintas maneras por estas situaciones. Ofrezcamos humildemente nuestras vidas para que el mundo cambie su corazón endurecido y descubra al Señor de la Vida.

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