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La visita del papa Francisco a Turquía no ha pasado desapercibida -como casi todo lo que dice o hace-. En esta ocasión, el encuentro con los máximos representantes de la Iglesia Ortodoxa y el Islam ha estado marcado no por la reivindicación de la supremacía de un legado histórico o teológico sino por el deseo de honrar, alabar y adorar mejor a Dios, en palabras del Papa.

Tanto el encuentro ecuménico con el patriarca ortodoxo Bartolomé I como el diálogo interreligioso con el líder musulmán son gestos de una honda importancia: el Papa sigue la línea de unir esfuerzos por alcanzar la unidad y por erradicar el fatal error de la violencia en nombre de la religión, como ya hicieron anteriormente los pontífices san Juan XXIII, el beato Pablo VI, san Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Con ocasión de una clase magistral en la Universidad de Ratisbona, Benedicto XVI pronunció un discurso en el que algunas afirmaciones crearon revuelo en el contexto social internacional: El fanatismo y el fundamentalismo, así como los miedos irracionales que propician la discriminación, deben ser enfrentados con la solidaridad de todos los creyentes. Curiosamente el papa Francisco en su discurso a las autoridades turcas lanzó unas palabras muy similares: Con la ayuda de Dios podemos y debemos renovar siempre la audacia de la paz (…). Una aportación importante puede provenir del diálogo interreligioso con el fin de apartar toda forma de fundamentalismo y de terrorismo que humilla gravemente la dignidad de todos los hombres e instrumentaliza la religión.

Los dos textos de los papas llaman a reconocer los elementos verdaderos de las demás realidades religiosas, a respetar el valor inestimable de cada vida humana, y a fortalecer lazos de unión en busca de la conquista de la paz por medio de la caridad fraterna. Estoy convencido de que a cualquier persona que viva su religión de forma coherente le repugnará igual que a mí que usen la fe como instrumento para la muerte. Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: tal será vuestro culto razonable (Rom 12,1). Si viviéramos en plenitud nuestra fe como nos pide san Pablo no existirían estos conflictos, porque la rivalidad está totalmente fuera del culto razonable, espiritual. La razón y el amor siempre conducen hacia la amistad y la paz. 

 

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