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Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación (Mc 16,15). Así habló Jesús a sus apóstoles antes de subir al Padre, y así confió a la Iglesia su tarea más importante. También con estas mismas palabras nos habla Cristo hoy, a cada uno de nosotros, para que vayamos a este mundo tan necesitado y le regalemos la verdadera alegría del Evangelio. No es una petición opcional, ni tampoco un encargo para unos pocos: es la misión de todos los que formamos este Cuerpo.

De igual manera, el Papa Francisco, durante estos dos últimos años, ha hecho resonar en la Iglesia este mandato de Jesús: nos pide ser una “Iglesia en salida”, que no se esconda. Una Iglesia que “haga lío” y salga a anunciar la alegría del amor de Cristo en todos los lugares y ambientes, especialmente en las periferias de la existencia. Nuestra Iglesia de Getafe también nos hace esta llamada en la forma concreta de la Gran Misión Diocesana convocada por nuestro Obispo para el año 2016, y para cuya preparación durante los días 6, 7 y 8 de marzo de este año se celebrará en el Cerro de los Ángeles el Congreso de Nueva Evangelización.

Sin embargo, el primero de estos contextos de evangelización que se nos presentan está más cerca de lo que parece, y es la familia, primer lugar de encuentro con los demás y con Cristo; y, por eso mismo, primer camino a recorrer por la Iglesia en esta Nueva Evangelización.

Cada vez contemplamos más de cerca las situaciones difíciles que vive la familia en la actualidad: el drama de las separaciones y abandonos, la pérdida de verdadera identidad del matrimonio y el carácter efímero y posesivo de las uniones, la dificultad de dar una buena educación a los hijos, etc. Quizás, incluso en nuestra propia familia o en familias cercanas vivamos situaciones complicadas. La Iglesia no es ajena a todo esto, ya que la familia está llamada a ser Iglesia doméstica, y por ello el Sínodo de la Familia ha adquirido tanta relevancia, así como los distintos encuentros de familias a nivel diocesano, nacional y mundial. Todo esto nos debe servir a nosotros, en la situación en la que nos hallemos, para reflexionar y hacernos algunas preguntas: ¿evangelizo en mi familia? ¿soy instrumento de unión? ¿fomento la oración en mi familia? ¿intento construir, en la medida en que puedo, una verdadera Iglesia doméstica?

En resumen, es cierto que la evangelización debe estar orientada a todos los contextos y situaciones, pero siempre nos ayudará a ello poner los cimientos sobre la que, según san Juan Pablo II, es la “base de la sociedad”: la familia.

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