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Diciembre. Madrid. Frío. Se celebra San Dámaso, patrón de nuestra Universidad, y no tenemos clase esa mañana. Diez seminaristas nos dirigimos a la Plaza de Castilla para ver una exposición sobre el Holocausto judío. Acudo sin muchos datos previos, a la sorpresa.

A la salida del parking parece contrastar el tema de la exposición con el ambiente circundante: una ciudad ajetreada por los negocios y el consumo. No parece que se sufra mucho. Viene a mi memoria, además, el recuerdo de cierta visita, durante el verano de 2016, a aquel extenso y desolador campo de concentración nazi en Polonia. De hecho, cuando estamos a punto de llegar, levanto la mirada y veo un gran cartel con una especie de estación de tren, y escrito en grandes letras: “Auschwitz”.

Entramos. Comenzamos a recorrer salas repletas de objetos, imágenes, textos, obras de arte y otros elementos que nos muestran el desarrollo de los terribles acontecimientos. Los objetos personales de las víctimas estremecen el alma. Contemplo detenidamente el elegante zapato rojo de una joven muchacha asesinada, el manto para la oración judía de un padre de familia y el rosario azul de algún polaco capturado durante la invasión. Las viejas y oxidadas alambradas, los uniformes a rayas y las terroríficas fotografías me impactan. Veo, impresionado, todo el proceso de manipulación y odio que llevó a gran cantidad de hombres a despreciar y tratar cruelmente a sus semejantes.

Conforme avanza la exposición todo se vuelve más desgarrador. Tenemos la posibilidad de escuchar testimonios de supervivientes que relatan el día a día en el campo, hay objetos, fotografías... Los pequeños gestos esperanzadores son gotitas en medio de tanto mal desatado.

Las preguntas fluyen en mí interior como una cantinela: ¿Por qué, Señor, por qué? ¿Dónde estabas tú? ¿Es que no te importaba aquel inmenso sufrimiento de tantos inocentes? ¿Cómo podías permitir la espiral de crueldad que se desató? Y no espero grandes respuestas.
De repente, mi mirada cae en unas pequeñas pinturas no muy llamativas del último pasillo. Entonces le veo, entre aquella multitud de rostros flacos consumidos por la muerte. Un hombre casi desnudo, con el rostro más desfigurado de todos, y las espinas clavadas en las sienes. Vive, sufre y muere con ellos. Y sobre sus hombros recae el sufrir de todos aquellos pobres desdichados. También el mío, y el vuestro. Salimos.

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