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La fe nos enseña que cuando uno recibe la ordenación diaconal, primer grado de este precioso sacramento, queda impreso en su alma un sello de amor, que es el signo de la pertenencia perpetua a Cristo. Dicho de otra manera, el que recibe este sacramento no se pertenece ya a sí mismo: lo que sois, lo que pensáis, lo que sentís, lo que tenéis, incluso lo que esperáis llegar a ser, ya no es vuestro, es del Señor y, en Él, de los hermanos, en palabras de nuestro obispo.

La experiencia de estos primeros días de ministerio lo confirma, en todos los sentidos. Puedo ver que el Señor va trabajando mi corazón día a día, como ha ido haciendo en los años del seminario. A través del trato con las personas, de la oración y del servicio, voy aprendiendo a ser diácono, a hacer lo que Él me pide, a vivir bien esta misión. Una experiencia que no está exenta de tentaciones, de pecados y de luchas. Desde luego que he visto cómo todavía no sirvo al Señor con toda la generosidad que debería, y que no son pocas las aristas que limar en los años venideros.

A esto ayuda la oración. Más bien, es el agua que da vida y refresca la misión. La vivencia del celibato, el ponerme en oración ante Jesús, es algo muy gozoso: saber con claridad que le pertenezco, en una relación esponsal, íntima, corazón a corazón. Esto es un gran descanso. Esto alegra el corazón en medio de las dificultades y luchas del día a día.

El diácono tiene la gran suerte de poder celebrar los sacramentos del bautismo y del matrimonio, además de la oración por los difuntos y el cuidado de los enfermos y los pobres. Poder administrar el bautismo, la vida eterna, por primera vez, es verdaderamente sorprendente. Además, realiza algunos gestos junto a los sacerdotes, como proclamar el Evangelio. De estos, el que más me ayuda es besar el altar al principio y al final de cada celebración eucarística. Me parece un signo precioso de lo que es mi vida con Cristo y con la Iglesia.

Del mismo modo, son días para dar muchas gracias a Dios. Uno se encuentra especialmente sensible y recuerda con facilidad tantas gracias del Señor y otras tantas muestras de cariño de las personas. Dar gracias a Dios por mi familia, por mi parroquia de origen, por el Seminario Diocesano y los amigos seminaristas, por los sacerdotes etc. En definitiva, un acontecimiento grande de amor que me mueve a exclamar: ¡dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia! (Sal 117).

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